Recetas... y algo más.
En la cocina además de comer, se charla, se hacen proyectos, se cuentan los problemas, se festejan las cosas buenas de la vida, se discuten ideas, escuchamos a los amigos (mate o café de por medio) contar sus penas y alegrías.
Algún día, cuando mis hijos sean los suficientemente grandes para entender la lógica que motiva a una madre, les diré:
Te amé lo suficiente... como para preguntarte adónde ibas, con quién, y a qué hora regresarías a casa.
Te amé lo suficiente... como para insistir que ahorraras tu dinero y te compraras la bicicleta que querías aunque podríamos habértela comprado nosotros.
Te amé lo suficiente... como para quedarme callada y dejarte descubrir por ti mismo que tu nuevo amigo era una persona repulsiva.
Te amé lo suficiente... como para hacerte ir a pagar el chicle que habías robado y decirle al kiosquero: Ayer me robé esto y ahora vengo a pagarlo.
Te amé lo suficiente... para quedarme parada dos horas en la puerta mientras limpiabas tu habitación, un trabajo que no llevaba más de 15 minutos.
Te amé lo suficiente... para permitirte que vieras enojo, chasco, y lágrimas en mis ojos. Los hijos deben aprender que sus padres no son perfectos.
Te amé lo suficiente como para dejarte asumir la responsabilidad por tus acciones aún cuando las consecuencias eran tan graves que casi me rompían el corazón.
Pero más que todo, te amé lo suficiente... como para decirte NO cuando sabía que me odiarías por ello. Esas fueron las batallas más difíciles de todas.
Estoy contenta de haberlas ganado, porque al final, tú también ganaste. Y algún día, cuando tus hijos sean suficientemente grandes para entender la lógica que motiva a los padres, tú les dirás...
¿Era mala tu mamá? La mía sí que lo era. ¡Teníamos la mamá más mala de todo el mundo!
Mientras otros chicos comían caramelos en el desayuno, nosotros teníamos que comer cereal, pan y fruta.
Mientras otros almorzaban una Coca-Cola y unas papas fritas, nosotros teníamos que comer verduras y porotos. Y puedes imaginar que nuestra mamá nos preparaba una cena diferente a la de los otros niños, también.
Mamá insistía en saber adónde estábamos en todo momento, como si fuéramos convictos en una prisión.
Ella tenía que saber quiénes eran nuestros amigos, y qué estábamos haciendo con ellos.
Insistía en que si decíamos que íbamos a salir por una hora, estaríamos afuera una hora o menos.
Nos avergüenza confesarlo, pero tenía la osadía de romper las leyes de trabajo infantil, haciéndonos trabajar. Teníamos que lavar los platos, tender las camas, aprender a cocinar, barrer, lavar la ropa, y otras clases de trabajo cruel. Pienso que se quedaba despierta a la noche pensando en más cosas para que hiciéramos.
Siempre insistía en que debíamos decir la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad.
Para cuando llegamos a ser adolescentes, podía leer nuestras mentes. ¡Ahí sí que se puso difícil la vida!
Mientras que todos los demás podían salir solos con sus amigos cuando tenían 12 ó 13 años, nosotros tuvimos que esperar hasta ser mayores.
Por culpa de nuestra mamá, nos perdimos muchas cosas que los otros chicos vivieron. A ninguno nos atraparon robando, ni destruyendo la propiedad de otros, ni nos arrestaron por algún crimen. Todo fue culpa de ella.
Ahora que ya hemos dejado nuestro hogar, todos somos adultos honestos y educados. Estamos haciendo todo lo posible por ser padres malos así como era mamá.
Me parece que sé lo que anda mal en el mundo hoy. No tiene suficientes mamás malas!
Siempre que lo leo me emociona. Le agradezco a mis padres por haber hecho de mi una buena persona, a vos por compartir estas palabras y por ser seguramente esa madre que tanto se necesita en estos días. Silvana