Jueves, 13 de abril de 2006
Razonamos con frecuencia; no tan frecuentemente tenemos raz?n; porque son dos cosas muy distintas razonar y tener raz?n.
Razonamos cuando discurrimos y defendemos nuestra posici?n, damos argumentos para hacer ver que nuestra actitud es la m?s correcta, la m?s conveniente, la ?nica que debe imponerse. Eso es razonar: dar razones, presentar argumentos.
Pero no siempre que razonamos tenemos raz?n; porque a veces hasta nosotros mismos sospechamos que no tenemos raz?n y, sin embargo, seguimos en nuestra posici?n, la defendemos pese a todo.
Por qu? ser?? ?No habr? all? buena dosis de soberbia, de engreimiento, de orgullo que nos impide dar el brazo a torcer? ?Y no empleamos entonces la raz?n, en nuestras argumentaciones, precisamente para cohonestar una sinraz?n?
Los argumentos siempre necesitan de la raz?n para ser verdaderos y honestos; la raz?n no siempre necesita de los argumentos, pues se impone por s? misma, por su misma fuerza, por el peso de la verdad.


?Os exhorto a que viv?is de una manera digna de la vocaci?n con que hab?is sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, so port?ndoos unos a otros por amor, poniendo empe?o en conservar la unidad del Esp?ritu con el v?nculo de la paz? (Ef. 4, 1-2).
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