Mi?rcoles, 01 de marzo de 2006
En este mismo minuto de Dios, justo es que pensemos en El. Muchos de los ateos de hoy no niegan propiamente a Dios, sino a las Ilusas im?genes que nosotros les presentamos.
Porque el Dios del Evangelio no es el Dios g?lido de la raz?n, la Causa Primera de la filosof?a, el Primer Motor de la metaf?sica, el Dios inmutable e impasible, el Dios solter?n aburrido en su cielo solitario, el Dios interesado o comerciante, el Dios almacenero, el Dios polic?a; no, nada de eso.
El Dios del Evangelio es el dios c?lido, como unos brazos de Padre, el Dios Padre de los hombres, el Dios providente que cuida de sus hijos, el Dios que ama tanto a la humanidad, que entrega a su propio Hijo para salvarla, el Dios que nos espera con los brazos abiertos, para perdonamos o premiarnos, el Dios que quiere repartir con nosotros en rebanadas infinitas el pan de la felicidad.
El Dios-Hijo que muere para salvarnos, el Dios-Esp?ritu Santo que nos consuela y nos llena de amor.
Este es el Dios del Evangelio.
Evidentemente, no es lo mismo ser de?sta que ser creyente.

?A Dios nadie lo ha visto jam?s: el Hijo ?nico, que est? en el seno del Padre, ?l lo ha contado? (Jn. 1, 18). Descubrir que Dios es nuestro Padre es la base de la religi?n cristiana; solamente cuando el cristiano sabe de un modo consciente que es ?hijo de Dios?, comienza a ser en verdad cristiano.
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