Jueves, 23 de febrero de 2006
Es incomprensible la antinomia que vive el mundo de hoy: nunca se sinti? tan uno, nunca lati? tan fuertemente el sentido comunitario y, sin embargo, nunca se vivieron tantos antis: anti esto, anti aquello, anti? nazi, antiyanqui, anti... en vez de dar lugar a los pro: pro?humano, pro?nacional, pro?...
No estar? bien desconocer o subestimar los valores de la tierra o de la patria de cada uno, pero s? estar? mal cerrarse de tal forma a todo lo dem?s que se nos convierta en aquello que rio nos es l?cito desear, aprobar o favorecer.
?De qu? color es la piel de Dios? pregunta el canto. Es amarilla, es negra, es blanca: todos somos iguales a los ojos de Dios; luego, si todos somos igualmente hijos de Dios, todos somos hermanos y todos debemos sabernos descubrir como hermanos; todos somos viajeros de una misma nave y ?sta no gozar? de paz mientras no lleguemos a descubrir la futilidad de pelearnos entre nosotros.

Las peleas y disensiones entre los hombres no son queridas por Dios; va el ap?stol San Pablo les dec?a a los corintios: ?Terno que haya entre vosotros discordias, envidias, iras, rivalidades, detracciones, murmuraciones, insolencias, des?rdenes?? (II Cor. 12, 20). Todo esto deshace el racimo de los que debemos salvarnos.
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