Viernes, 17 de febrero de 2006
El hombre es como un inmenso pulm?n, sediento siempre de ox?geno, como un inmenso coraz?n hambriento siempre de sangre; el ox?geno, la sangre que el hombre ans?a es la felicidad.
A veces buscamos la felicidad fuera de nosotros mismos y nos equivocamos lamentablemente, pues la felicidad est? dentro de nosotros y la construimos nosotros mismos.
Nuestra felicidad es la consecuencia de la que hemos procurado a otros; tal vez sepa algo de esto la madre que sonr?e feliz ante la cama de su hijo dormido, despu?s de un d?a de trabajo por ?l.
No tenemos derecho a gozar de la felicidad, si no la creamos en torno nuestro; como no lo tenemos a disfrutar de la riqueza, si no la producimos. Nuestra principal tarea en esta vida es ser felices; as? lo quiere Dios; pero el camino m?s corto y m?s seguro para serlo, es hacer felices a los dem?s, pues no hay m?s que una manera de ser felices, y es hacer felices a los dem?s.

La felicidad comienza con ?fe?; la fe ser?, pues, la condici?n indispensable de una profunda y permanente felicidad. ?El temor del Se?or recrea el coraz?n, da contento y regocijo y largos d?as; para el que teme al Se?or, todo ir? bien al fin, en d d?a de su muerte se lo bendecir? (Ecli. 1, 12-13).
Comentarios