Mi?rcoles, 08 de febrero de 2006
La uni?n hace la fuerza; pero cuando esa uni?n no es f?sica, de fuerzas, sino de corazones, entonces es mucho m?s positiva.
La unidad de todos los hombres, cualesquiera sean sus ideolog?as, sus costumbres, sus nacionalidades, sus culturas; Cristo ha predicado la uni?n de todos en un mismo Padre, que es Dios.
Es preciso que esa unidad cristiana pase cuanto antes de vago y vaporoso deseo nost?lgico a una gozosa realidad; es preciso que no nos contentemos los cristianos con no atacarnos, sino que lleguemos a abrazarnos de coraz?n.
Pero esa unidad no vendr?, si primero no quemamos en las llamas del amor todo el odio, el rencor, las rencillas y las divisiones que nos est?n separando y amargando. Si no es por el olvido, el perd?n y el amor, nunca llegaremos a la unidad cristiana.
Es preciso que nos fijemos m?s en la meta hacia la que todos vamos, que es D?os, y menos en los caminos por los que vamos a la meta; y en este tiempo, en que se habla tanto de Naciones Unidas, Estados Unidos, Rep?blicas Unidas, intentemos crear la realidad de los Creyentes Unidos.

La gran petici?n de Cristo al Padre fue la uni?n de sus disc?pulos. ?Padre, cuida en tu Nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros; que todos sean uno, como T?, Padre, en m? y yo en Ti; que ellos tambi?n sean uno en nosotros, para que d mundo crea que T? me has enviado? (Jn. 17, 11-21). ?Eres t? causa de uni?n o de desuni?n?
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