S?bado, 28 de enero de 2006
Todos nos sentimos inclinados a aconsejar a los otros; y a fe que lo solemos hacer bastante bien; hasta somos bastante acertados en los consejos que damos a los dem?s.
Si nos resolvi?ramos de una vez por todas a practicar lo que aconsejarnos a los otros, pronto ser?amos perfectos, pronto llegar?amos a la santidad.
Pero es que somos muy h?biles para aconsejar a los dem?s y no menos h?biles para evadirnos de los consejos que nosotros mismos damos; vemos con mucha lucidez lo que los otros deben hacer, y somos bastante miopes para reconocer nuestras obligaciones personales.
Y si al menos fu?ramos como deseamos, como pe dimos, como exigimos y corno aconsejamos que sean los dem?s, muy pronto nos ver?amos libres de la mayor?a de nuestros defectos.

No debemos juzgar, si no queremos ser juzgados:
?Qui?n nos ha dado autoridad para juzgar? S?lo el Se?or es el que conoce el fondo de los corazones.
??C?mo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo?? (Mt. 7 3).
Quisi?ramos que todos tuvieran la gracia, pues con la gracia nos preparamos para acabar siendo hermanos.

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