S?bado, 10 de diciembre de 2005
?No juzgu?is y no ser?is juzgados?; esta afirmaci?n que leemos en el Evangelio es de suma importancia para nuestra vida de relaci?n con los que nos rodean.
Debemos respetar con amor todas las vidas que se cruzan por nuestro camino; ellas tambi?n tienen derecho a ser ?ellas? y no tienen por qu? aspirar a ser ?nosotros?; as? como nosotros deberemos mantener nos ?nosotros?, sin ansiar llegar a ser ?ellos?.
Esa ancianita que a diario entra en un templo, molestando a todos con su importuna tos de pecho cansado, puede ser toda una maravilla de gracia en su interior.
Esa pobre mujer que detr?s del mostrador te atiende en la feria o en el mercado, debajo de sus toscas maneras y tras sus manos agrietadas puede esconder una nobleza desconocida para muchos otros que presentan exteriores m?s atractivos.
Si no se conoce el interior de las personas, no se las puede juzgar; nadie tiene derecho a penetrar la intimidad personal de nadie; esa intimidad es un templo, reservado solamente a Dios.

?No juzgu?is, para que no se?is juzgados? (Mt. 7,1). S?lo Dios es el que puede juzgar, pues solamente El es el que tiene todos los elementos de juicio; a nosotros se nos escapan muchos de esos conocimientos; ahora bien, juzgar sin tener conocimiento cumplido del pro y del contra, es terrible imprudencia que cometemos.
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