Mi?rcoles, 23 de noviembre de 2005
Cuando el terreno ya se halla preparado, se esparce la semilla, se entierra y se la deja podrir en el seno de la madre tierra.
Alguno podr?a preguntar: por qu? no aprovechar ese grano, en lugar de hacerlo podrir en la tierra?
Pero es que solamente as?, pudri?ndose, podr? germinar, fecundarse, multiplicarse, convertirse en nueva y mejor vida: la vida de la espiga, la plenitud de nuevos granos.
El dolor, lejos de destrozar al hombre, de destruir lo, lo purifica y lo dispone para una transformaci?n. Lo que el hombre es y vale no se deprecia con el dolor; m?s bien se aquilata.
Precisamente los santos, esos crucifijos de carne, vieron a Dios y vivieron a Dios cuando sus ojos quedaron purificados por las l?grimas. Es que el dolor nos hace desprender de las escorias y purifica el oro de nuestro coraz?n.
La cruz no deforma, transforma; no oscurece, ilumina; no hace estoicos, talla santos. A condici?n de que se le d? su sentido redentor.

?La Iglesia rinde culto a los santos y ven era sus im?genes y sus reliquias aut?nticas. Las fiestas de los santos proclaman las maravillas de Cristo en sus servidores y proponen ejemplos oportunos a la imitaci?n de los fieles? (SC, 11). Los santos se han hecho santos, y no nacieron tales; t? no has nacido santo, pero puedes llegar a serlo.
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