Martes, 01 de noviembre de 2005
Josu? Carducci fue un gran hombre, de fuertes pasiones y de indomable car?cter. Esp?ritu ardiente, no conoci? las medias tintas.
No tuvo formaci?n religiosa; por eso fue ateo y dedic? no pocos esfuerzos a combatir la idea de Dios. Para ?l, Dios era un mito; pero un mito pernicioso, que por eso hab?a que combatir, a fin de desterrarlo del coraz?n del hombre.
Pero un d?a Carducci sali? a pasear a la playa y en un rapto de muda contemplaci?n frente a la inmensidad del mar rompi? su gran silencio con este grito:
"?Creo en Dios!"
La serena majestad de aquella inmensidad de agua arranc? de Carducci lo que ten?a escondido y acalla do en su conciencia.
Es que en los grandes silencios del hombre siempre aparece Dios.

"Otros ni siquiera se plantean la cuesti?n de la existencia de Dios porque, al parecer, ni sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por el hecho religioso" (GS, 19). La inquietud de Dios, el hambre de Dios, esto es algo que, pese al ate?smo moderno, siente el hombre en todos sus niveles. Es que Dios es d ox?geno para los pulmones de la vida.
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