S?bado, 08 de octubre de 2005
Es f?cil caer en una angustia: en la de preocuparse en exceso de si me ven o no me ven , si me estiman o no me estiman, si me valoran o se olvidan de m?, si me corresponden o me dejan de corresponder.
No podemos hacer depender nuestra vida de los de- m?s, por m?s que nuestra vida tenga su proyecci?n en los dem?s.
Cada uno de nosotros tiene su propia conciencia y a esa conciencia le debe fidelidad; no podemos apartamos de la ruta del bien y de la verdad, porque los que nos rodean reconozcan o dejen de reconocer nuestras aptitudes, interpreten bien o mal nuestras intenciones, acepten o rechacen nuestra colaboraci?n.
Al fin, nosotros estamos obligados a poner nuestra acci?n; no estamos obligados a que los dem?s acepten nuestra acci?n.

"Qu? hombre puede conocer la voluntad de ?Dios? ?Qui?n hacerse idea de lo que el Se?or quiere?... ?Y qui?n hubiera conocido tu voluntad, si T? no le hubieras dado la Sabidur?a y no le hubieras enviado de lo alto tu Santo Esp?ritu?" (Sab. 9, 13-17) . Tu devoci?n al Esp?ritu Santo, adem?s de moverte a invocarlo al principi? de todas tus obras, debe llevarte a recurrir a El en todo momento en que necesites luz o fuerza. "En v?a tu Esp?ritu, para darnos nueva vida, y renovar?s la faz de la tierra" (Salmo 103, 30).
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