Domingo, 02 de octubre de 2005
En el siglo de la productividad incentivada, los hombres nos estamos fijando m?s en hacer que en ser. Sin embargo el hacer no tiene sentido si no es una exigencia del ser.
El hacer puede convertirse en un activismo, en un dinamismo, en una acci?n descontrolada, siempre que a ese hacer no responda un ser ?ntimo y profundo. Porque, en ese caso, ese hacer, hacer?se convierte en un est?ril aparecer.
El ser exige una transformaci?n sincera y profunda, que cambia toda mi vida y en consecuencia tambi?n el hacer; y cambia el hacer, porque entonces el hacer es leg?timo, aut?ntico, profundo apost?lico.
Y el ?nico que puede juzgarme si "soy" de verdad, es mi propia conciencia siempre que no la tenga o acallada o deformada; y mi conciencia en ?ltimo t?rmino, no es sino la voz de Dios.

"Mu?strame tu semblante, d?jame o?r tu voz; porque tu voz es dulce y gracioso tu semblante" (Cant. 2, 14). Es bueno hablar a Dios; pero no es menos bueno, ni menos provechoso o?r la voz de Dios; nada de cuanto nosotros le podamos decir a Dios, lo ignora El,: en cambio, E puede decirnos muchas cosas ignoradas u olvidadas por nosotros.
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