S?bado, 01 de octubre de 2005
Con no poca profundidad se afirm? que es f?cil dejarse elevar en el ofertorio, pero ya no resulta tan f?cil dejarse masticar en la comuni?n.
El racimo de uva luce m?s cuando en la cepa muestra sus granos henchidos y maduros; pero aprovecha m?s cuando los granos son triturados por los dientes, o en la prensa que los estruja y les arranca su jugo vital.
En no pocas ocasiones nuestra acci?n podr? ser visible a los dem?s; quiz?, en cambio, nuestra acci?n ser? m?s beneficiosa para nosotros y para los dem?s, cuando el deber nos obligue a permanecer en el silencio de la oscuridad y desconocimiento, o en la inmolaci?n del dolor.
No basta vivir para los dem?s; ser? preciso inmolarse, desvivirse por los dem?s.

"Ni vuestros holocaustos me son gratos, ni vuestros sacrificios me complacen" (Jer. 6, 20).
No son los holocaustos o sacrificios lo q u e agra da al Se?or, sino el esp?ritu con que le ofrecemos esos sacrificios; con raz?n dice San Juan de la Cruz que "Dios no mira lo que le ofrecemos, sino el coraz?n con q u e se lo ofrecemos". Gracias a Dios q u e a s? es; pues nada podemos ofrecerle al Se?or, que sea digno de El; en cambio, s? le podemos ofrecer nuestro coraz?n, peque?o y pobrecito, pero todo entero.

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