Domingo, 25 de septiembre de 2005
Vivimos en el mundo del movimiento y del ruido; hoy es imposible detenerse; y sin embargo, quiz? por eso mismo estamos obligados a buscar el silencio. Pero un silencio que no sea tanto externo cuanto interno; un silencio que imponga el ordenamiento de todos nuestros afectos y sentimientos, de nuestros pensamientos e incluso de nuestros problemas y preocupaciones
Silencio, ante actitudes que pueden herirnos, ante palabras no del todo acertadas, ante olvidos que nosotros no esper?bamos.
En esas ocasiones el canto del silencio, en lugar de elevar la estridencia de los gritos, o la amargura de la discusi?n, ser? m?s beneficioso.
Ese canto del silencio solamente lo pueden entonar los hombres que saben dominarse a s? mismos y a las circunstancias en las que deben actuar.

"M?s vale sabidur?a que fuerza; pero la sabidur?a del pobre se desprecia y sus palabras no se escuchan; mejor se oyen las palabras sosegadas de los sabios, que los gritos del soberano de los necios" (Ecle. 9, 16-17). No es, pues, cuesti?n de hablar mucho, sino de saber hablar lo necesario y lo conveniente; en no pocas ocasiones sed el silencio el que mejor toque el coraz?n
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