Mi?rcoles, 31 de agosto de 2005
Un testigo da su palabra, compromete su palabra y con ella su honor y su vida; pero no siempre se ha ce caso al testigo ni se le tiene en cuenta.
El testigo, por dar su palabra, es una voz; una voz que afirma la verdad, que defiende los derechos de la verdad; pero una voz, que en muchas ocasiones resuena en el desierto, vale decir, una voz que na-die escucha, a quien nadie hace caso.
Pero lo importante del testigo no es tanto que sea una voz escuchada y aceptada, cuanto una voz que suene, que siempre persista en sonar, que no se can se de gritar; eso es lo que hace que sea voz; pues, si se calla, deja de ser voz para convertirse en un silencio, que podr? ser conformismo y t?cita aceptaci?n.
Mi vida deber?, pues, ubicarse en la categor?a de voz que oportuna e inoportunamente suena, habla, llama la atenci?n, exhorta, reprueba, orienta; una palabra, una voz que, cuanto mayor es el desierto en el que suena, m?s intensa es su decisi?n de persistir.

"Todos los disc?pulos de Cristo, perseverando en la oraci?n y alabando juntos a Dios, ofr?zcanse a s? mismos como hostia viva, santa y grata a Dios y den testimonio por doquiera de Cristo; y a quienes lo pidan, den tambi?n raz?n de la esperanza de la vida eterna, que hay en ellos" (LG, 10).
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