Domingo, 21 de agosto de 2005
Te propongo esta antigua oraci?n:
Se?or, que no tenga yo a ning?n hombre por ene migo, y que sea amigo de lo que es eterno.
Que ame, busque y logre s?lo lo que es bueno. Que desee la felicidad de todos los hombres y que no envidie a ninguno.
Que no me regocije con la desventura del que me ha hecho mal.
Que hasta adonde alcancen mis fuerzas preste la ayuda necesaria a todos los necesitados.
Que pueda con palabras amables y consoladoras aliviar las penas de los que sufren.
Que cuando yo haya dicho o hecho algo malo, no espere que los dem?s me lo hagan conocer, sino que yo mismo me lo reproche hasta corregirme de ello.
Que me acostumbre a mostrarme amable y nunca irritado con los dem?s, cualquiera sea la circunstancia en que me encuentre.

"Revest?os todos de humildad en vuestras mutuas relaciones, pues Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que, llegada la ocasi?n, os ensalce; confiad/e todas vuestras preocupaciones, pues El cuida de vosotros" (1 Pc. 5, 5-7).
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