Mi?rcoles, 03 de agosto de 2005
Todos llevamos dentro de nosotros mismos un altar en el que hemos entronizado a nuestro Yo y al que le rendimos culto con excesiva frecuencia e intensidad.
La conquista del propio Yo es la mayor victoria que el hombre puede lograr; conseguir que la vida no sea dominada por el ego, sino por la raz?n y el coraz?n.
Cuanto m?s perfectos seamos nosotros en nuestra vida, m?s comprensivos nos mostraremos con las imperfecciones de los dem?s; por el contrario, cuanto menos perfectos seamos nosotros, m?s exigentes nos mostraremos con los otros.
Siempre estamos inclinados a reprobar y criticar los defectos de los dem?s, sobre todo aquellos defectos que nosotros tambi?n tenemos y que no nos atrevemos a confes?rnoslos. Otras veces criticamos los defectos que nosotros no tenemos, como una evasi?n para no reconocer y recordar los defectos que tenemos y nos dominan.

Todos lamentamos las injusticias que sufre nuestro mundo de hoy; el Concilio nos advierte que muchas de ellas "nacen del deseo de dominio y del desprecio por las personas; y, si ahondamos en los motivos m?s profundos, brotan de la envidia, de la desconfianza, de la soberbia y dem?s pasiones ego?stas" (GS, 83).
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