Viernes, 29 de julio de 2005
No todos los d?as te levantas con el esp?ritu alegre y despreocupado; algunas veces ya desde la ma?anita te persigue el recuerdo de una adversidad que est?s enfrentando hace tiempo.
Hace 300 a?os un prisionero grab? en la pared de su prisi?n esta frase, con la que pretend?a conservar en alto su estado de ?nimo:
"No es la adversidad la que mata, sino la impaciencia con que soportamos la adversidad".
Es verdad; impacient?ndote en las adversidades, nada arreglar?s; m?s bien lo echar?s todo a perder o agravar?s la situaci?n; no es, pues, un remedio la impaciencia o la ira.
Si a este consejo de orden meramente natural y psicol?gico sabes a?adir otro de orden superior, de orden sobrenatural, como es el reconocer que Dios te ha permitido esa adversidad para que seas capaz de mostrar tu valer, tu fidelidad, tu capacidad de amar, entonces la adversidad ser? llevada por ti no s?lo con paciencia y resignaci?n, sino aun con cierta alegr?a por saberte fiel.

"La Iglesia est? fortalecida con la virtud del Se ?or Resucitado, para triunfar con paciencia y caridad de sus aflicciones y dificultades, tanto internas como externas y revelar al mundo fielmente su misterio, aunque sea entre penumbras, hasta que se manifieste en todo el esplendor al final de los tiempos" (LG, 8).
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