S?bado, 23 de julio de 2005
Cuando nos hallamos ante un espect?culo grandioso, mayest?tico, el silencio es la mejor expresi?n de nuestra admiraci?n, el mejor homenaje que podemos rendirle, por confesar impl?citamente que no hallamos palabras para expresar todo lo que sentimos y vivimos en ese momento.
En nuestra oraci?n reposada e ?ntima, con frecuencia deberemos recurrir al silencio; no un silencio inexpresivo y est?ril, sino un silencio operante, de plenitud de Dios y de todas las cosas.
El silencio es la palabra m?s plena, la m?s redonda, la que dice m?s, la que todos entienden, la que no necesita explicaci?n, la que no se halla limitada por conceptos, la que Dios escucha mejor, con la que m?s se entienden los hombres.
El silencio de la palabra, cuando habla muy profundo el coraz?n; el silencio de la mente, cuando vive con intensidad el esp?ritu; la inactividad del cuerpo, cuando el alma brota por todos los poros y se derrama en todos los momentos.

"Silencio toda carne, delante de Yahv?, porque El se despierta de su santa morada" (Zac. 2, 17). El silencio es el reconocimiento de la presencia del Se?or, del respeto que se le debe y que nosotros le expresamos de esa forma. De ah? que debas ser m?s respetuoso del silencio que la presencia sacramental del Se?or en el templo te exige.
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