Martes, 19 de julio de 2005
Los poetas cantaron con mimo a las flores; todos nos extasiamos ante la pomposidad de las rosas, ante el aroma del clavel, la blancura de la azucena, la complicada armon?a de una orqu?dea, la caprichosa formaci?n de una pasionaria, la invisible presencia de una violeta, la exquisita peque?ez del "no-me-olvides".
Todos cuidamos con esmero las flores de nuestro jard?n, de nuestras macetas, destinadas a formar ramos para nuestros centros de mesa, o para obsequiar a los que queremos bien.
Pero hay ciertas flores que est?n destinadas a marchitar su colorido y su esbeltez y a deshacer su aroma, acariciando las puertecillas de un Sagrario; parecer?a que a esas flores les ha tocado la loter?a de no morir en la opaca tierra, sino ante el Dios de todo.
En tu vida, hermano, has de reservar algunos actos, que sean como las flores, que dediques ?nica y exclusivamente a tu Dios; estar? bien que hagas lo dem?s, pero estar? mejor que no te olvides de Aquel que de ti se acuerda minuto a minuto.

"A Ti s?lo se debe adoraci?n, Se?or!" (Baruc, 6, 5). "Entrad, adoremos, postr?monos ?de roas ante Yahv?, que nos ha hecho! ?Porque El es nuestro Dios!" (Salmo 95, 6-7). Que tu postura, tu actitud en el templo, sobre todo durante el Sacrificio de la Misa, sea de un verdadero adorador; de uno que adora en esp?ritu y en verdad.
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