S?bado, 16 de julio de 2005
JULIO16

En torno a Dios todo es blanco, todo l?mpido, todo sencillo, todo sin dobleces, todo tiene sonrisa de ni?o, gorjeos de p?jaros, aroma de flores, candidez de virgen.
La vida del que cree en Dios es un aleluya perenne e inmutable, un canto de esperanza, un grito de exultaci?n y de gozo, un himno de gratitud y de petici?n, un estallar el coraz?n en l?grimas sedantes que reconfortan, al saberse hijo de Dios.
Toda la vida del cristiano se sacraliza por la presencia de Dios en ella; por eso el cristiano canta, no solamente en sus actos lit?rgicos, sino en todos los momentos, aun en los m?s duros y dif?ciles, aun en los m?s ?speros y de aristas m?s cortantes.
El creyente no puede tratar de enga?ar a Dios present?ndole flores artificiales, en actitud de ni?o travieso que oculta las cosas; ha de darle no una apariencia de fe y de amor, sino una fe ciega y total y amor de entrega absoluta y sin reservas.

"No basta vivirl a gracia consciente y creciente, sino que es preciso vivir la otra dimensi?n: la gracia difundida o comunicada a los dem?s. "Dad y se os dar?... porque con la medida con que midiereis, se os medir? a vosotros" (Lc. 6, 38).
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