Viernes, 15 de julio de 2005
La fe hace que el coraz?n y la voz del hombre se torne instrumento consciente de alabanza a Dios y de j?bilo para el hombre. Dios solamente se alberga donde la sencillez y la humildad le han preparado el camino.
Con esa fe se multiplica prodigiosamente la luz y la alegr?a de sentirse viviendo con Dios, de que uno est? en Dios y de que Dios est? en uno. El creyente es un hombre de por s? optimista y alegre, de suerte que aun cara a la muerte, al dolor, al sufrimiento a las privaciones, que la vida impone, su alma queda inundada de paz y serenidad; porque en la muerte el cristiano, m?s que verse privado de algo, es ?l quien da, quien se da al Padre que est? en los cielos; y quien da, quien ofrece, debe hacerlo con gozo y con paz.
La muerte, el dolor del creyente recibe una luz caracter?stica, que no es posible compararla con nada en este mundo. Solamente el creyente es capaz de descubrirla, de comprenderla y de gozarla. Para el no creyente, esto es todo un misterio y le suena a m?sica celestial; para el creyente, es realmente "celestial".

"Pues de su plenitud hemos recibido todos, gracia por gracia" (Jn. 1, 16). No debes olvidar que la gracia es un "don", un regalo, y que debes hacer de la vida de gracia tu verdadero ideal, el ideal
de toda tu vida. Vivir en gracia y vivir la gracia en toda su plenitud: consciente y creciente.

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