Domingo, 03 de julio de 2005
Felipe II llamaba a los pr?ncipes a su alcoba del Monasterio del Escorial, ya moribundo, para ense?arles la prematura corrupci?n de su cuerpo supurante:
"?Mirad, hijos, en lo que acaba la realeza de este mundo!"
Bello ejemplo de un rey cristiano para tantos magnates envanecidos, jactanciosos y altivos.
Es muy dura, pero muy purificadora y santificante esta incorporaci?n a la cofrad?a del dolor, esta configuraci?n con el sufrir de Cristo, adorando los designios divinos, que no se pueden comprender, cuando la vida se deshace, como nube de atardecer estival.
No estar? de m?s que nos recordemos de los diez millones de epil?pticos, catorce millones de leprosos, treinta y dos millones de sordomudos, quince millones de ni?os subnormales... y de tantos cientos de miles sin catalogar.
Al enfermo hay que decirle, no tanto el porqu? de su sufrimiento, cuanto el para qu? del mismo.

"Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad" (GS, 22). El sufrimiento es la moneda con la que se compra la eficacia del apostolado y es el mejor crisol de n nuestro amor a Dios.
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