domingo, 26 de junio de 2005
26 DE JUNIO
Creo no equivocarme, si pienso que tú eres enemigo de la violencia y en esto pienso como tú; pero quizá no has detenido tu reflexión en la raíz de toda violencia, que es el pecado; y, en consecuencia, si eres enemigo del efecto, que es la violencia, debes serlo de la causa, que es el pecado.
Todo pecado violenta los derechos de Dios y de los hombres; si debemos erradicar del mundo toda violencia, hemos de comenzar haciendo desaparecer el pecado; pues, mientras permanezca la causa, producirá sus efectos; mientras dure el pecado, no podremos esperar que desaparezca la violencia.
La violencia tiene que hacérsela personalmente cada uno a sí mismo: a sus propias inclinaciones, cuando no sean rectas; al propio egoísmo, que enerva y desorienta; a las pasiones que nos apartan de nuestro fin; contra todo esto, cuanta más violencia ejerzamos, mejor.
"EI reino de los cielos su&e violencia y los violentos lo conquistan" (Mt. 11-12). La violencia que debemos hacernos a nosotros mismos, para ser justos en la presencia de Dios; no la violencia que podemos hacer con los demás. La violencia que responde a la monición del Señor, que nos manda tomar nuestra cruz y seguirle (Mt. 16, 24).
Todo pecado violenta los derechos de Dios y de los hombres; si debemos erradicar del mundo toda violencia, hemos de comenzar haciendo desaparecer el pecado; pues, mientras permanezca la causa, producirá sus efectos; mientras dure el pecado, no podremos esperar que desaparezca la violencia.
La violencia tiene que hacérsela personalmente cada uno a sí mismo: a sus propias inclinaciones, cuando no sean rectas; al propio egoísmo, que enerva y desorienta; a las pasiones que nos apartan de nuestro fin; contra todo esto, cuanta más violencia ejerzamos, mejor.
"EI reino de los cielos su&e violencia y los violentos lo conquistan" (Mt. 11-12). La violencia que debemos hacernos a nosotros mismos, para ser justos en la presencia de Dios; no la violencia que podemos hacer con los demás. La violencia que responde a la monición del Señor, que nos manda tomar nuestra cruz y seguirle (Mt. 16, 24).

