S?bado, 25 de junio de 2005
Nada hay m?s repugnante que el ego?smo, ese vicio que nos hace mirarnos a nosotros mismos sin dignarnos prestar atenci?n a los dem?s, sean ellos quienes fueren.
El ego?smo constituye a nuestra persona en centro de la vida, independiz?ndose de Dios en el campo de la conciencia y de la comunidad humana en el ?mbito social; si se piensa en los dem?s, es en tanto en cuanto puedan sernos ?tiles para nuestras conveniencias y avaricias. El ego?sta quita a Dios el incienso de la adoraci?n y a la comunidad el servicio que le corresponde y necesita.
No conoce el ego?smo otra norma, que la especulaci?n del inter?s personal: el fraude al ciudadano 0 a la patria, el abuso y la opresi?n de los necesitados y humildes, el c?lculo usurero.
Ser? bueno que examinemos si han quedado en nuestro coraz?n algunas raicillas de ego?smo.

"S? alguno se cree hombre religioso, pero no pone freno a su lengua, sino que enga?a a su propio coraz?n, su religi?n es vana" (Sant. 1, 26). Las palabras ego?stas salen de un coraz?n ego?sta y el coraz?n ego?sta seca las fuentes de la vida, de esa vida que es la gracia del Se?or.
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