Martes, 14 de junio de 2005
Publicado por Sil-Mar @ 12:00  | ALGO MAS...
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Un d?a de abril de 1945, un soldado alem?n de 18 a?os, afiliado a las Juventudes Hitlerianas, opt? por desertar del ej?rcito que se bat?a en retirada bajo el fuego sovi?tico y antes de ser capturado por las tropas norteamericanas anduvo perdido sin saber a qu? patria pertenec?an los sucesivos incendios del horizonte. Huyendo de s? mismo sin destino alguno, sus botas le llevaron hasta un pueblo abandonado en la frontera de Polonia. Durante su larga fuga a trav?s de campos calcinados, el joven hitleriano no se hab?a encontrado con un solo ser vivo, ni siquiera con un perro, de forma que pudo haber imaginado que era el ?nico hombre que quedaba en el mundo despu?s de la hecatombe. Cuando ca?a la noche y la oscuridad apenas le permit?a vislumbrar la realidad de las cosas, el soldado se sent? a descansar en los escombros de una plaza desierta. Ten?a el fusil cargado entre las rodillas y en el macuto llevaba un libro de teolog?a. En el momento en que se dispon?a a fumar el ?ltimo cigarrillo que le quedaba, vislumbr? la sombra de un hombre que emerg?a de los soportales derruidos. El soldado alem?n se puso en pie, aprest? el cerrojo del fusil y apunt? al desconocido, que se le acercaba atra?do por la brasa de su pitillo. Se trataba de un joven polaco, de unos 25 a?os, que hab?a desertado del trabajo en una cantera de Cracovia para escapar de una redada de los nazis. Hab?a sido actor de un teatro clandestino, su novia hab?a muerto en Auschwitz y tambi?n sent?a inclinaci?n por la teolog?a, pero entre ellos ahora no hab?a ning?n Dios que les ahorrara el odio. Los dos pr?fugos, cada uno de un bando contrario, se situaron frente a frente. El soldado alem?n ignoraba si aquel individuo ven?a armado y estuvo a punto de dispararle un tiro en el coraz?n. Si esto hubiera sucedido, ninguno de los dos habr?a llegado a papa. Pudieron haber hablado de Dios, de la maldad humana, del mundo que se hund?a, pero el polaco Wojtyla se limit? a preguntar: "?Tiene un cigarrillo?". El soldado Ratzinger le contest?: "Lo siento, me estoy fumando el ?ltimo cigarrillo de la historia". No hubo m?s palabras, porque en el mutuo terror de los ojos descubrieron cu?nto se tem?an. Wojtyla se fue alejando por encima de los escombros y a veces volv?a el rostro para asegurarse de que Ratzinger no le iba a disparar por la espalda. En Roma, aquel soldado alem?n, ahora vestido de blanco, acaba de anunciar que va a hacer santo a aquel actor polaco. Atr?s queda la brasa de aquel ?ltimo cigarrillo brillando a?n en la noche.
Por Manuel Vicent


El autor, espa?ol, es escritor y periodista

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