Jueves, 02 de junio de 2005
El encanto de las rosas -cant? el poeta- es que, siendo tan hermosas, no conocen que lo son.
Indudablemente, tenemos cualidades en diversos ?rdenes; negarlas ser?a ingratitud para el Creador, de quien las hemos recibido.
Pero si somos arrogantes, si ostentamos orgullosamente nuestras cualidades, si nos atribuimos a nosotros mismos la propiedad y no el uso de esas cualidades, adem?s de ser injustos, por atribuirnos lo que no es nuestro, demostraremos poca inteligencia, pues no habremos llegado a comprender que eso que tenemos no nos pertenece.
Las rosas no conocen que son hermosas; porque no lo conocen, por ello no tienen m?rito; nosotros debemos conocer y reconocer lo que Dios ha depositado en nosotros. Pero todo eso, no para vanagloriarnos, sino para asumir la responsabilidad de hacer fructificar esas cualidades para el bien nuestro, de los nuestros y de toda la comunidad. Eso es talento.

"Si no me obedec?is, quebrantar? vuestra orgullosa fuerza y har? vuestro cielo como hierro y vuestra tierra como bronce" (Lev. 26, 19). Nada nos aleja tanto de Dios como el orgullo, el creernos mejores de lo que somos, el no reconocer los defectos y miserias que tenemos. E! orgullo es el barro que tapa nuestros ojos y nos impide verlas cosas de Dios.
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